Hay un problema en la predicación evangélica que pocos quieren nombrar: el predicador elige un texto, lo lee, y después hace lo que quiere.
Cuarenta y cinco minutos de anécdotas, impresiones personales, teología flotante y versículos sueltos que no tienen nada que ver con el pasaje que anunció. La congregación sale con emociones, con historias, con datos. Pero no sale con el texto.
Pero hay otro caso más sutil, y más peligroso precisamente porque es más difícil de detectar: el predicador que sí estudió, que sí conoce teología, pero que sube al púlpito y usa el texto como excusa para dar un discurso sobre lo que ya sabe.
El texto es el pretexto. Lo que manda es su sistema, su comodidad, su repertorio.
Eso tampoco es predicación expositiva. Es un monólogo teológico con un versículo al principio.
Cuatro razones para encadenarte al texto
Primero: el texto tiene la autoridad, no vos.
Cuando elegís un pasaje, ese pasaje te dice qué predicar. No al revés. Pedro lo dice sin rodeos: "Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios" (1 Pedro 4:11). Lo que la congregación tiene que llevarse a casa es la lectura del texto, la explicación del texto y la aplicación del texto. No tus ideas sobre el texto. El texto.
Segundo: el texto te protege de vos mismo.
Suena fuerte, pero es así. Todos los predicadores tenemos temas favoritos, posiciones cómodas, ángulos que dominamos. Si no te atás al pasaje, inevitablemente vas a terminar predicando lo que querés predicar, no lo que Dios puso en ese texto para esa congregación ese domingo. El texto es un freno. Un freno bueno.
Tercero: el texto forma el oído de la congregación.
Cuando un predicador se atiene al pasaje y muestra cómo leerlo, cómo encontrar la idea principal, cómo entender el contexto, está enseñando a su gente a leer la Biblia. La gente lee bien la Biblia cuando en la iglesia se predica bien la Biblia. Si el predicador es disperso, la congregación va a leer dispersa. Si el predicador es fiel al texto, la congregación va a aprender a serlo también en su casa.
Cuarto: encadenarte al texto no le quita profundidad a tu predicación.
Esto lo aclaro porque hay una confusión frecuente. Encadenarse al texto no significa empobrecerse. Significa enfocarse. Podés y debés traer el contexto histórico, el contexto gramatical, el contexto geográfico, la teología del pacto, todo lo que el estudio exige. Pero todo eso al servicio del pasaje que elegiste, no en lugar de él.
Tres beneficios concretos de esta práctica
Cuando realmente te atás al texto, pasan tres cosas:
Confinamiento temático. No te salís del tema. La congregación recibe lo que le prometiste. Hay ideas principales y secundarias dentro del pasaje, pero no te dispersás. Hay un centro y todo gira alrededor de ese centro.
Sujeción de estructura. Un predicador que no sabe bien qué va a decir inevitablemente pierde la estructura del sermón. Cuando hacés la exégesis del pasaje y después convertís eso en un sermón omilético, el pasaje mismo te da la estructura. La lógica aparece. El hilo conductor es claro.
Restricción teológica. Esto es sano. Si el pasaje no habla de cierto tema, vos no hablás de ese tema ese domingo. Así de simple. Eso te obliga a cubrir con el tiempo toda la riqueza de las Escrituras, en lugar de quedarte girando siempre en los mismos temas con los que te sentís cómodo.
Una pregunta para llevarte
¿A qué texto te vas a encadenar este domingo?
No es una limitación. Es una profundidad. Porque cuando le permitís al texto ser el que manda, lo que estás haciendo es dejar que sea Dios quien le hable a su pueblo, y no vos hablando de Dios según tus propios términos.
Eso es lo que trae gloria a Dios. Y eso es lo que beneficia de verdad a la congregación.

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