En la actualidad, el ámbito de las noticias sobre arqueología bíblica suele verse envuelto en un sensacionalismo desmedido. Hay titulares llamativos que anuncian con entusiasmo el supuesto «hallazgo de nuevas páginas de las Sagradas Escrituras» gracias al uso de la tecnología. En los medios informativos y en las redes sociales, muchos creyentes se apresuran a compartir estas noticias como si se tratara de una confirmación extraordinaria de su fe en la Palabra de Dios. Se nos dice que el texto bíblico ha sido rescatado de las profundidades del olvido, de rincones oscuros de monasterios antiguos o de pergaminos raspados a los que se les volvió a escribir encima. Sin embargo, cuando examinamos estas declaraciones a la luz de la historia y, sobre todo, a la luz de las Escrituras, la realidad se distancia notablemente de la narrativa de los críticos textuales.
¿Es realmente en los manuscritos raspados, descartados o escondidos donde Dios prometió preservar Su Palabra eterna? ¿Depende nuestra fe de que un científico en un laboratorio recupere las impresiones escondidas detrás de un pergamino reciclado? Como creyentes que amamos la verdad, haríamos bien en detenernos y reflexionar con madurez antes de sumarnos al entusiasmo del sensacionalismo moderno. Es sumamente necesario que revisemos qué enseña la Biblia y qué nos muestra la historia de la Iglesia acerca de la preservación providencial de las Sagradas Escrituras, un tema que define la base misma de nuestra confianza en la Biblia.
¿Qué es realmente un palimpsesto?
Para comprender la raíz del problema, es indispensable explicar qué es físicamente un palimpsesto y cómo se originó en la historia de la transmisión de los textos antiguos. En la antigüedad, el soporte de escritura por excelencia era el pergamino, un material elaborado a partir del cuero de ciertos animales. Debido a su alto costo de producción y a la dificultad de su elaboración, el pergamino era un recurso escaso. Cuando una comunidad medieval carecía de material nuevo para copiar un texto, recurría a una práctica común de reciclaje. Este método consistía en tomar un manuscrito antiguo —considerado irrelevante, obsoleto o defectuoso—, raspar su superficie con piedra pómez o lavar la tinta original, y escribir encima un nuevo texto. El resultado de este proceso es lo que técnicamente la paleografía denomina un palimpsesto, del griego palimpsestos, que significa «raspado de nuevo».
Recientemente, la tecnología ha permitido la reconstrucción parcial del denominado «Códice H» (Codex Coislinianus), un manuscrito del siglo VI que contenía porciones de las epístolas del apóstol Pablo. Mediante un procedimiento digital¹, se logró reconstruir el «texto fantasma» de páginas virtuales que habían sido borradas hace siglos. Hacia el siglo XIII, los monjes del Monasterio de la Gran Laura decidieron cortar las hojas de este manuscrito bíblico para utilizarlas como refuerzos en los lomos y hojas de guarda en las encuadernaciones de otras obras que consideraban de mayor utilidad.
Definir este acto de reciclaje y desmembramiento como una muestra de la «providencia preservadora» de Dios encierra una contradicción teológica e histórica. Pensemos por un momento: el hecho de que un manuscrito bíblico haya sido raspado, cortado y utilizado como mero cartón de relleno para encuadernar otro libro no demuestra un aprecio por su contenido, sino todo lo contrario. Esta acción representa, en sí misma, un descarte textual. La comunidad que poseía el Códice H en el siglo XIII decidió que esa copia bíblica en particular no merecía ser conservada para la lectura pública, ni para la predicación en el púlpito, ni para el culto de la congregación. Para aquellos monjes, ese manuscrito era inservible en la vida de la Iglesia, y por ello lo redujeron a la categoría de «material reciclable». Históricamente nuestra sociedad ha señalado que la crítica textual moderna llegó a conceder una importancia desproporcionada a unos pocos manuscritos antiguos que habían permanecido en oscuridad durante siglos y que habían sido rechazados por la Iglesia histórica².
La «entronización del desuso» de Westcott y Hort
Durante el siglo XIX, los eruditos anglicanos Brooke Foss Westcott y Fenton John Anthony Hort promovieron fuertes ideas en la crítica textual del Nuevo Testamento. Ellos fueron los principales propiciadores de un enfoque que otorgaba un valor supremo a los manuscritos más antiguos, bajo la premisa racionalista de que la antigüedad cronológica equivalía automáticamente a la pureza textual. Dentro de esta metodología, mostraron una fascinación particular por los documentos que habían permanecido fuera del uso de la Iglesia, considerándolos «testigos puros» que debían corregir el texto tradicional.
El tema de la fascinación por los palimpsestos no es nuevo, ya Westcott y Hort tenían una alta valoración de los palimpsestos, en especial del célebre Códice de Efrén (Codex Ephraemi Rescriptus). Este manuscrito del siglo V, que originalmente contenía porciones de las Escrituras, fue completamente raspado en el siglo XII para escribir encima los tratados del monje Efrén de Siria. Para Westcott y Hort, este documento reciclado y borrado era un testigo de primer orden para la reconstrucción del Nuevo Testamento. Sin embargo, su testimonio no siempre permite establecer con certeza la lectura original, pues existen secciones donde el manuscrito está dañado o es ilegible.³
El Códice de Efrén, al igual que otros textos de la corriente alejandrina como el Códice Vaticano o el Códice Sinaítico, presenta una alarmante cantidad de omisiones, alteraciones y lecturas defectuosas en pasajes de enorme relevancia doctrinal. La razón por la cual estos manuscritos permanecieron «olvidados», archivados o fueron borrados para escribir tratados monásticos encima es muy sencilla: el pueblo de Dios, guiado por el Espíritu Santo, no reconoció en ellos la pureza del texto original y los dejó de usar. O incluso, en muchos casos, ni los mismos monjes católico romanos los consideraban de valor, ya que consideraban que esos manuscritos contenían problemas. Al no ser utilizados para la lectura pública ni copiados para su difusión, estos documentos defectuosos quedaron arrumbados o fueron reciclados físicamente. Westcott y Hort, al entronizar palimpsestos como el Códice de Efrén, convirtieron el descarte histórico en una supuesta norma de pureza textual, pretendiendo corregir el texto tradicional con las copias que la misma Iglesia del pasado había desechado por su falta de fidelidad.
Conclusión
El Códice H y el Códice de Efrén pueden ofrecer un legítimo interés para la paleografía y la historia de la escritura de la Edad Media, pero no aportan nada significativo a la fe y práctica del pueblo de Dios, ni justifican alteración alguna en el texto que hemos recibido. Lo que la crítica moderna presenta como hallazgo, nosotros lo reconocemos por lo que siempre fue: el rastro de un descarte, no el rastro de una preservación. Dios no escondió Su Palabra, sino que la guardó en el corazón, en la boca y en el uso continuo de Su Iglesia a través de los siglos.
Por ello, es recomendable apartarse del sensacionalismo arqueológico que propone ideas equivocadas de preservación bíblica. No corresponde buscar entre «los descartes» de la historia lo que ya poseemos con plena certeza. Invitamos, más bien, a volver con temor reverente a la bibliología histórica y a la predicación fiel de las Escrituras que han permanecido inmutables a través de los siglos, con la firme convicción de que la Biblia que hoy tenemos en nuestras manos es la misma Palabra viva y eterna del Señor Dios de los Ejércitos, que permanece para siempre (Isaías 40:8).
Lic. Alejandro Riff.
NOTAS
1. La técnica utiliza imágenes multiespectrales tomadas con diferentes longitudes de onda de luz y posteriormente procesadas digitalmente para hacer visible la escritura borrada. Sinai Palimpsests Project, «Technologies», consultado el 20 de agosto de 2026, https://www.sinaipalimpsests.org/technologies/index.html.
2. Trinitarian Bible Society, «What Today's Christian Needs to Know About Dr Kurt Aland, Textual Critic», consultado el 20 de agosto de 2026, https://www.tbsbibles.org/page/WhatTodaysChristianNeedsToKnowAboutDrKurtAland
3. Jeffrey T. Riddle, «Why John 7.53–8.11 is in the Bible», Trinitarian Bible Society, consultado el 20 de agosto de 2026, https://www.tbsbibles.org/page/John7v53


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